Ensayo del libro “Escuela y Familia”
En el presente trabajo pretendo comentar brevemente sobre la importancia que representan la Familia y la Escuela en proceso educativo de los niños y niñas, y jóvenes de las distintas instituciones educativas. Estas dos instituciones, sin duda las más importantes de nuestro medio socio-cultural, requieren una atención especial en el momento de coordinar sus aportes a dicho proceso. A pesar del gran trabajo que tienen que realizar la familia y la escuela, deben tener en cuenta también que existen otras instancias que ayudan en este proceso, y otras que no y, más bien, dificultan el desarrollo armónico del proceso educativo.
Quisiera iniciar aclarando lo fundamental de la tarea educativa. ¿Qué es educar? Con la poca experiencia que tengo en el área y lo que poco a poco voy construyendo como convicción, puedo decir que educar es humanizarse a cada paso de la vida, o sea, caminar con paso firme hacia el conocimiento de la verdad. La razón última de la existencia puede darse a conocer por medio de la educación, ya que pretende acercar al ser humano a desarrollar sus potenciales y entregar al mundo aquello que le hace único e irrepetible. Para esto es necesario que las personas que de una u otra forma estamos a cargo de la educación trabajemos en beneficio de ese ideal, mas no de un ideal parcializado, politizado y particular.
Los seres humanos, en nuestro “desarrollo normal de vida”, requerimos de un proceso adecuado para poder ser capaces de enfrentar la sociedad. Pero ¿a qué podemos considerar normal en esta sociedad tan cambiante? Esta es una pregunta que nos está invadiendo a diario y que requiere una respuesta creativa. Es por eso que se considera a la familia y a la escuela como instituciones vocacionalmente educativas. A pesar de que ninguna de ellas tenga las respuestas absolutas ante las necesidades actuales, siempre es necesario apuntar con convicción que el trabajo conjunto de las dos puede vislumbrar y dar las pautas para que los hijos y estudiantes sean capaces de afrontar el reto llamado sociedad.
Quiero parafrasear el pensamiento de Freire quien dice que no hay quienes educan y quienes son educados, sino que todos nos educamos en comunidad. Desde este punto de partida, podemos considerar a la educación como un proceso en el cual estamos involucrados todos, como nos dice el texto, la Familia, la Escuela, medios de comunicación, y los Pares. Todos aportan muy significativamente a este proceso y estos aportes no determinan pero sí influyen en lo que queremos brindar y obtener en el medio educativo. El punto principal de este fenómeno es que ahora ya no tenemos una estructura fija o “normal” de familia, como lo hemos concebido hasta hace algunos años.
Al tener este presupuesto –respecto de la familia-, que cada día aumenta o se presenta de maneras más extrañas, la Escuela como institución educativa se ve obligada a dar un excedente de esfuerzo que muchas ocasiones no es remunerado. Es aquí donde aparece la doble función de la Escuela, que en algunos centros muy bien instalados se da respuesta a las necesidades de esta sociedad. Pero ¿qué tan bueno o adecuado es aceptar una labor que no es propia de la Escuela? La formación moral y ética sí compete a la escuela en la medida en que complemente a la formación inicial de la familia, pero no puede absorber o hacerse cargo de ella en su totalidad. Debemos desechar la concepción que lastimosamente tenemos como sociedad, de que la Escuela es la única que tiene la obligación de formar a los ciudadanos.
Pero tampoco tenemos que optar por todo lo contrario y pensar que la familia educa de un modo y la escuela de otro. Este trabajo, o más que eso, ministerio requiere de personas que enteras que se dediquen de lleno para que así se pueda contribuir significativamente a la educación de los seres humanos[1]. Consciente de que es muy difícil que se dé adecuadamente el aporte familiar, la Escuela al asumir este papel debe elaborar propuestas concretas y creativas que ayuden en alguna medida a que se dé el acompañamiento de las familias en los procesos de los estudiantes que tenemos bajo nuestra responsabilidad.
Es necesario, por tanto, que se eduque con la conciencia de que hay valores e instituciones que no deben desaparecer de la sociedad. La familia, sea como sea que esté formada, más allá de vínculos de sangre, aporta con algo que la escuela no puede reemplazar: el afecto. Esta dimensión de la personas, al no ser atendido, causa la mayoría de las dificultades que se presentan en la educación y psicología de las personas[2]. Son muchos los casos que se presentan a diario en las instituciones educativas y que, lastimosamente, nos estamos acostumbrando a tenerlas y no a tratar de aportar para que se generen respuestas concretas. De ahí la importancia de la colaboración activa en la educación por parte de la Familia y la Escuela.
Me parece que el aporte que nos da el texto es muy significativo y que nos hace ver lo complejo de la realidad educativa. Sin embargo, creo que nos dice lo que se debe hacer, mas no qué hacer. No quiero con esto decir que el aporte no valga, sino que no queda muy idealizado el fin de la educación. Creo que para cada realidad que se viva se requieren respuestas concretas y no generales en una especie de casuística. Creo también que la tarea de los educadores es también preguntarse sobre el aspecto filosófico de la educación. ¿A dónde vamos?, ¿para qué sirve?, ¿vale la pena educar?, y desde ahí partir de los puntos favorables para dar solución creativa y ética a la tarea que la sociedad nos encarga.
[1] Esta idea está tomada de los escritos de San Juan Bautista De La Salle, Meditaciones para el tiempo de retiro, que reflejan una realidad presente ya en el siglo XVII, y que exige una respuesta adecuada para los hijos de los artesanos y los pobres.
[2] Cfr., Jung, Carl G., Psicología y Educación, Barcelona, Paidós S.A., 2009, págs. 19 – 47.